Ese sábado, alrededor de las 4:30 de la mañana, se estaba preparando para salir rumbo a los señores que hablan del cielo, puso en su itacate unos cuantos tacos de frijol, lleno su bule (hecho de calabaza seca), con agua almacenada que había guardado, se puso su ropa de algodón (que fue donada por los frailes castellanos cuando se bautizó, tradición y costumbre del reino de Castilla), se apretó sus cacles ya muy gastados, y se puso la tilma (ya un tanto gastada tambien) para poderse cubrir un poco del frio de la mañana, que por cierto estaba fluctuando entre los -2° a 0°.
No tenía, ese día, que el trayecto lo iba a cubrir cuatro veces, una diaria, asi, al final de todo el periplo, recorrió cerca de 240 km.
El camino no fue nada fácil, porque ademas, tenía que subir un pequeño cerro donde se encontraba una serranía y la humedad hacía que estuviera su cuerpo empapado y con esto la piel resentía el frio que calaba hasta los huesos.
A la mitad del camino, ya con la luz del día, el cielo le hablo en su lengua natal (el náhuatl de sus ancestros), y no podía creer que estuviera en el cielo con sus antepasados:
¿Kanin ye nika, kanin ye ninotta ¿Kuix ye onkan in kitoteuake ueuetke tachtouan tokokoluan, in xochitlalpan in tonakatlalpan, kuix ye onkan in iluikatlalpan
Sin embargo, se tranquilizó al ver a una jovencita dirigirse a él de manera sumamente maternal:
In omokaktimoman in yeekikaki ualnotsalo in ikpak tepetsintli, kiluia: “—Juantsin, Juan Diegotsin”.
Después de un rato de conversación, siguió su camino a Tlatilolco , aun no alcanzaba a saber (y mucho menos comprender), de su icónica parte en la historia de Meshico y del mundo…
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